Debe ser la edad.

Dibujo ventanas en nombre de la lluvia. El viento patrocina la pérdida del rumbo frágil.
No cambia la memoria del mundo ahí fuera.

La fina porción de la fina porción que me sigue sobre la mesa (y se vuelve única al llevar la puerta de luz con ella) duda entre volar o dejarse volar. Los dioses cambian según el día, aunque escucharle lleve más cerca reconocer recuperar la fe (con la misma presión que la porción ejerce en mí; nula). Echar de menos momentos y no compañías o echar de menos momentos aun repitiendo. Deja atisbarse en la nulidad del papel la magia que nos dimos saltando casillas, jugando a las damas sin reinas, con felicidad atemporal en las persianas que compartimos. Ayer te recordé sin relacionarte contigo, y el dolor me hizo feliz.

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