No estar.
Ni santos, ni misas, ni cleros. De haberlo escrito todo tengo claro que la huída hubiese sido comienzo y no final. Ni comienzo siquiera. ¿A quién expulsaréis cuando nadie jamás quiera quedarse entre esos muebles? Y le echaréis la culpa, claro. Y quemaréis sus fotos, claro. No me importa mucho cuánto me importa, aunque sí escuece esta primera persona sucia, fría y desgrasada. Los gritos pasarán.