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No llegan ni a cuatro.

Maté el fuera de tiempo destrozando nuestro cielo. Aunque ahora el tiempo haya muerto y dejado de fluir, comparte la razón que tanto odiaste los motivos de su ateísmo. Los tres minutos del café me devuelven, si eso, al lugar ganado en el que nunca quise estar. Días de vida en primera persona, como ese soplo en ese muda, sinónimo de lo único que este cuarto, esa calle y aquel desierto son en realidad. Queda un post-it a modo de escape, una vida que esconder y tres verdades que no te he dicho nunca, esperando otro café.

Debe ser la edad.

Dibujo ventanas en nombre de la lluvia. El viento patrocina la pérdida del rumbo frágil. No cambia la memoria del mundo ahí fuera. La fina porción de la fina porción que me sigue sobre la mesa (y se vuelve única al llevar la puerta de luz con ella) duda entre volar o dejarse volar. Los dioses cambian según el día, aunque escucharle lleve más cerca reconocer recuperar la fe (con la misma presión que la porción ejerce en mí; nula). Echar de menos momentos y no compañías o echar de menos momentos aun repitiendo. Deja atisbarse en la nulidad del papel la magia que nos dimos saltando casillas, jugando a las damas sin reinas, con felicidad atemporal en las persianas que compartimos. Ayer te recordé sin relacionarte contigo, y el dolor me hizo feliz.

(Oro)

Me planteo si decirte aquello de las dudas que llevo pensándome casi una hora; Dios bendiga los lunes después de olerte. La pila de mierdas intrascendentes dispuestas a robarme oro está al borde, mientras uso el lenguaje más claro e impropio de mi tierra que jamás han oído aquí. De escapatoria a tumba, de calor a tirar de estufa.
Hoy todo te devuelve a mí, y yo sin ganas.
Otro más a la lista de etcéteras.

En tu ciudad.

Están tus sms repasándome las buenas. La respuesta es idónea para mí. La persiana, a ocho dedos de la sombra, pide algo más de atención mientras suenan violines sin ganas de verme. Dicen algo de "volveré cualquier tarde", mientras les autorizo a seguir. Está todo recogido por si vuelves a por el café que te prometí, a la hora que te prometí, el primer día. La velocidad es de unos mil kilómetros cada veinticuatro vidas breves, y no parece que vaya a frenarse por la luz. Sigo.

Porque ya sí.

Sigue la fe con la sonrisa de antaño, cuando todas las cenizas quedaban fuera de tí y de mí, cuando nadie la llamaba, cuando la belleza de cada cifra impar se reflejaba en los ojos de cualquier verdugo, dándome un presente. Sigue la vida rechazándola, como salvándome de fluir entre cristales dejados a drede, celebrando el cambio, robándome la magia primero, para evitar que me la robes tú. Me alegraría verte.