Entradas

Lo de ayer firmó sin gloria.

Hoy sí que no. Rememoro grandes clásicos del grupo inexistente más famoso de mi biblioteca hasta que toca el timbre. Aquel lucero viene a saludar con la misma gracia pese a la falta de un mundo hasta volver a ser igual. El próximo silencio lo escribimos juntos.

Cicatrices con olor a café.

Misma ruta, mismo portal y misma ventana. Aquel niño desobedece igual que ayer y, como aquel mes, me traiciono repasando tus fotos. Al revés que la lluvia. Al revés que la muerte. No está de más encontrar pedazos de aquello en cualquier mismo día, ni de menos echarte igual. Con tu permiso, queda fe por explotar todavía.

Aquel disfraz que colgamos.

Imagen
Hay más revuelo dentro que fuera. Cuánto ama este invierno al Sol que le deja ver la vida pese a aquella navidad cerrada. La brisa y el grito que me trajo.  Este frío nuevo; aquel mejor verano.

El sueño de nuestros tres despertares.

Otra vez el infierno ha vuelto. Parábolas de no saberse vivo, de ni saberse vivo.

El siguiente no será por tí.

Aquellos gritos a la luz que entraba por llegar tarde son los primeros en ocupar localidad. Ayer se contaban los minutos despierto con la dureza y pesadez incomprendida. Llegaste para regalarme el cielo y ahora, de vuelta, todo sabe a vacío. Huele a nostalgia sin cortar desde la Sala López hasta Huesca y nada es limitable. Siseos eternos por juzgar. Aquellos gritos a la luz; ojalá deje de pedir su vuelta. Ojalá por tanto, ahora.

No llegan ni a cuatro.

Maté el fuera de tiempo destrozando nuestro cielo. Aunque ahora el tiempo haya muerto y dejado de fluir, comparte la razón que tanto odiaste los motivos de su ateísmo. Los tres minutos del café me devuelven, si eso, al lugar ganado en el que nunca quise estar. Días de vida en primera persona, como ese soplo en ese muda, sinónimo de lo único que este cuarto, esa calle y aquel desierto son en realidad. Queda un post-it a modo de escape, una vida que esconder y tres verdades que no te he dicho nunca, esperando otro café.

Debe ser la edad.

Dibujo ventanas en nombre de la lluvia. El viento patrocina la pérdida del rumbo frágil. No cambia la memoria del mundo ahí fuera. La fina porción de la fina porción que me sigue sobre la mesa (y se vuelve única al llevar la puerta de luz con ella) duda entre volar o dejarse volar. Los dioses cambian según el día, aunque escucharle lleve más cerca reconocer recuperar la fe (con la misma presión que la porción ejerce en mí; nula). Echar de menos momentos y no compañías o echar de menos momentos aun repitiendo. Deja atisbarse en la nulidad del papel la magia que nos dimos saltando casillas, jugando a las damas sin reinas, con felicidad atemporal en las persianas que compartimos. Ayer te recordé sin relacionarte contigo, y el dolor me hizo feliz.