Quiero sentir un deseo fuerte. Quiero anhelar, odiar mi vida cada minuto que no lo tenga entre mis manos. Algo brillante al fondo del camino. Reconvertir la pena residual en algo valioso. Darle valor a los días de tregua y saber amar, abrazar, querer; aceptar cada juguete nuevo como algo único que llega y marcha. Amar el intervalo entre que llega y marcha, que no se rompa, que pueda seguir después y que pueda valer tanto o más después. Amar el intervalo que nos quede aunque no quede. Si lo tuviese claro le daría nombre al sabor, a la luz. Si solo de pensar en la muerte y en odiar sentir el pasillo tan grande. En el espacio tan infinito. Este rincón tan infinito. Estoy cansado de demorar contar los sueños, si todo intervalo nace muerto. Estoy cansado de olvidar contar los sueños si todo es gloria o parricidio. Si los nenúfares huelen a la misma muerte, y qué sé yo de la muerte. Qué sabe el viejo de la muerte. Qué sé yo del sabor de nada, si cada intervalo nace dentro del anterior [...
A cuatrocientos años de caer la noche y tarde; somos los hijos de una nota en repetición constante que empuja y hace vibrar las puertas, y deja el avance a una mera cuestión de medio, de tiempo no perdido entre el miedo a no encontrarse jamás y a que marche el peluquero del barrio, y ya nadie nos reconozca. Si no fuera porque alguien, una vez, escribió en nuestro muro que servíamos de algo, mucho antes de que nadie más nunca necesitase aquel consejo que nos convirtió en humanos, entre la ironía y el desorden, entre currículum enviado y crédito en la suma. Vaya caída más torpe, amigo. Si ni fuiste capaz jamás de soportar el pánico que te supone no comprender la muerte, la amistad y el amor. A oscuras otro siglo más por rabia, imagino. Vaya tesoro prodigioso nos dejaste al dejarte ver así de libre cuando nada lo era todo. - Y es que en el fondo sí comprendo el amor, la amistad, la muerte. Querer y dejar marchar; dejar marchar y querer. A oscuras otro siglo más por razones de pes...
El peso. El peso. El peso. Sé que aunque mil voces digan que soy un ser horrible no será cierto hasta que un acto de mala fe confirme. Pero el peso, el peso, el peso. Si acaso supiese algo. Si acaso el dolor fuese como el gas y tuviese un olor falso y químico para verlo y poder huir antes de darlo y recibirlo. ¿He inventado yo el dolor? Si tú supieras el amor que di para salir pese al ruido de la derrota, aceptando que todo el dolor allí contenido iba a volverse a casa de cada una, sin solución, a espera de volver a ser absorbido en un par de siglos, con suerte de mezclarse con el agua de un arroyo formando figuras en caída vertical desde mi cara hasta mis pies, desde mis manos hasta el suelo, como indicando el desgaste de este cuerpo y este espíritu. ¿He inventado yo la muerte? Tengo otros temas que ocupar primero.
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