Como viajando sin miedos a la estación que marque Dios. Aquí no queda nada memorable ni nada que olvidar, no hasta que suene la repetitiva canción que abra el camino al camino. Esas caras sin nombre. Esas vidas sin nombre. Esa ruta marcada que grita cómo odiaron. Tanto ayer y tanto mañana que libra el peso hoy, porque Dios decide reflejarse en tu parada, y Dios jamás pudo compremeterse a nada. Hoy la vía callará.
Diciembre, tesoro.
Quiero sentir un deseo fuerte. Quiero anhelar, odiar mi vida cada minuto que no lo tenga entre mis manos. Algo brillante al fondo del camino. Reconvertir la pena residual en algo valioso. Darle valor a los días de tregua y saber amar, abrazar, querer; aceptar cada juguete nuevo como algo único que llega y marcha. Amar el intervalo entre que llega y marcha, que no se rompa, que pueda seguir después y que pueda valer tanto o más después. Amar el intervalo que nos quede aunque no quede. Si lo tuviese claro le daría nombre al sabor, a la luz. Si solo de pensar en la muerte y en odiar sentir el pasillo tan grande. En el espacio tan infinito. Este rincón tan infinito. Estoy cansado de demorar contar los sueños, si todo intervalo nace muerto. Estoy cansado de olvidar contar los sueños si todo es gloria o parricidio. Si los nenúfares huelen a la misma muerte, y qué sé yo de la muerte. Qué sabe el viejo de la muerte. Qué sé yo del sabor de nada, si cada intervalo nace dentro del anterior [...
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