Si perder la costumbre de honrar el nombre es el último gran lastre, amigo, ya supondremos otro castigo mayor más adelante. Rendirme a cuentas del deber. Que hoy vivo y sabe todo mejor, y si aún no crecen raíces, morderé, igual que todos muerden. Y si el poema siguiente sigue lejano, mis cartas más sencillas y el corazón igual de frágil, no creas que huiré de nuevo para salvarme. Salvarme es acorralarme de ti; es dejarme amar sin comprensión alguna, y dejar de correr a tientas. Salvarme es rodearme de ti. Dejarme oler a ti bajo este fuego y este hielo. Pero no es serme, creerme y crearme. Y si he de ser todo hielo, todo fuego, lo seré cada preciso momento en que pueda seguir creyendo en mi. Y si me rindo, correré a tientas, porque el silencio y oscuridad de este alma no hacen temer. Nací poeta; ni maldiciones, ni grandes odas. Nací poeta, y poeta me iré. Lo primero fue aprender a despedirme, para escribir aún tengo tiempo.