E hijos.
El poeta ni ha muerto ni ha marchado a ningún otro sitio.
La mansión desordenada por las dudas de si mereciste el daño, el compás o el sinvivir de desconocerte. Limita parte de pulso no saber si volverás o si realmente estuviste alguna vez.
¿Cómo no ibas a estar?
La clemencia de esos ojos al mojar en la prisa sus pies se mantiene intacta. No falta ni un detalle. El poema jamás se fue. Quizás el tiempo que pasamos sin él fue la muestra más cercana de vivir entre este ruido. Porque el ruido es innegable.
Estuvo a punto de palparme el otro día. Su palma cercana al blanco puro. Sus años de sabor. La melancolía de tenerlo tanto y tan poco. Ese pulso. Su palma cercana al dolor más intenso. El encargado de descomponer la humanidad y darle forma. El mayor valor al silencio y a su ausencia.
Firmaría ahora mismo por no haberlo conocido jamás.
Por no haberme conocido estos años. Esta vida.
El límite en calma. La obsesiva canción. He nacido para evitarte.
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