Lucha de gigantes (versión).

La banda sonora de las cinco de la tarde en plena metamorfosis (sin carteles de peligro). Enclaustrada ella y liberada el alma [y otros factores que tienes derecho a conocer, por supuesto, andas leyendo mi tesoro; recordé a aquellas horas una frase escrita al error en un tema escrito al error, psicólogos advierten, ellos sí, de la relación natural (creo incluso mágica) entre sensación y recuerdo oculto, (inconsciente ama al nervio)].

Jamás creí aquello de que aceptarlo haría menos temible el miedo. Soy una jodida criatura a estas alturas de la tarde (la vida).

Acompañado de las, creo, últimas palabras de un ermitaño hoy mudo. Miento de nuevo. Acompaña, además, esta banda sonora humana y un palpitar constante de tu nombre. Algo anuncia la posibilidad del dolor temido en tan temprana esclavitud ante tu ausencia, y lo anoto, por mí y por mi sentido. Avisos para el futuro (del futuro).

Dispones del arma ahora. Estoy aquí.

Bautismos y alegorías, repito sin darle forma. Supongamos que Dios basa su cuerpo en la ceguera. Necesito algo más que todo eso. Estoy aquí. Estás aquí otra vez, y esta vez tienes ese maldito nombre que no cuadra con la vida en mi MonMatre (aunque seas la plenitud de un Baudelaire mudo y con los ojos rígidos por alguna musa nueva) y que estropea lo bohemio del azar. No tienes ni la letra ni la cifra adecuada. Pero golpeas con una fuerza mayor a la que permite mi cuerpo (de lo que estaba dispuesto a permitir golpear). Acepto tu nombre.

Reclamo tu nombre.


Espero tu nombre.

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