A cuatrocientos años de caer la noche y tarde; somos los hijos de una nota en repetición constante que empuja y hace vibrar las puertas, y deja el avance a una mera cuestión de medio, de tiempo no perdido entre el miedo a no encontrarse jamás y a que marche el peluquero del barrio, y ya nadie nos reconozca. Si no fuera porque alguien, una vez, escribió en nuestro muro que servíamos de algo, mucho antes de que nadie más nunca necesitase aquel consejo que nos convirtió en humanos, entre la ironía y el desorden, entre currículum enviado y crédito en la suma. Vaya caída más torpe, amigo. Si ni fuiste capaz jamás de soportar el pánico que te supone no comprender la muerte, la amistad y el amor. A oscuras otro siglo más por rabia, imagino. Vaya tesoro prodigioso nos dejaste al dejarte ver así de libre cuando nada lo era todo. - Y es que en el fondo sí comprendo el amor, la amistad, la muerte. Querer y dejar marchar; dejar marchar y querer. A oscuras otro siglo más por razones de pes...
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