Inocente, ¿y qué?
Ví mi dolor caer, desde la brecha que en el techo dejó mi infancia. Mi paciencia convertida en yeso blanco, frágil. Mis celos convertidos en amor dulce, arrancados por saber que la versión de su vida, era distinta a la mía. Ese mismo techo que un día albergó mis dudas de un mañana feliz, y que dejó sentado el paso del tiempo a su lado, levantándose solo para saludar al pasado azul que prometió darme.
Juro que ese techo era resistente cual diamante cuando lo abandoné a su suerte, cuando la dejé a ella a su cuidado, manteniendo al margen cualquier otro amor que pudiese recibir, soltando perlas a su cauce, oh río de dolor líqudo, proveniente de esas montañas que te mantenían en forma de punzante dolor helado, oculto bajo el caluroso amor que prometiste. Bendita inocencia rota. Vendí mi secreto, mi frágil pero fácil de conseguir confianza, al cuidado del techo de mi único hábitat habitable, ¿para qué?, inocente de mí. ¿Para qué amar, si mi techo ya no está conmigo?.
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