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Ni por viejo ni por diablo.

[La segunda parte de una carta trágica desde el comienzo.] Aún guardo el secreto de los no se cuántos siglos sin ti. De los segundos entre que naciste y te vi crecer a escondidas por no se qué de llegar con el pasado a medias. Con el consuelo de esta mecha profunda de difícil alcance te hablaré de los silencios y de lo improbable de darles nombre; silencios rotos de algún modo con intención de evitar en parte mi muerte, ahuyentar el hambre y comprender las ganas. (Si aún tuve dudas, por favor, que nos salven.) La pequeña nación que ideé. Una nueva vida compuesta de puntos medios. He tenido siempre un don con las despedidas. Voy a cuidarlo,    por si no vuelves.       Tenerte en la mesilla los segundos suficientes.         

Un pájaro, un vuelo.

No es solo el levantarse tras el golpe. El daño que aún hace la mentira adrede y los mil gestos que jamás llegaron a forjarse. Los ojos de la decepción en la mirada de un padre y aquel silencio. La despedida a tiempo y la despedida sin final. Los milagros que supuse crearías; el no crearlos yo. El caminar sin bandera ni rumbo a aquellos años que dejaré pasar (también). Están las semanas sin tachar el muro; los no tantos regresos. Las promesas que no fueron a propósito de la carrera [y el no quererte ayudar]. El desprestigio ante la mofa inútil y el echar a dormir la vida por un aplauso. El descontar cada letra de la sonrisa que paseaba; descontar aquel verano. Podría no haber cortado la parte de atrás de mi pelo. Podría. También está la lluvia.

Latí dos veces.

Entre otro posible recuerdo más que llevarte y la vida entera de luz. Las ráfagas de cielo terrenal en este ático en pleno centro. El pánico a la macrociudad que nos envuelve perenne. La suciedad que habita cada silencio, también perenne. La premisa de dejarme en paz por los recovecos sin pulir a tiempo. Esas piernas y esa voz que no vuelve ni llega a marcharse del todo. Ese resto disfrazado de adorno hasta el reencuentro (o hasta la despedida). [¡Qué ángeles le importa al poeta si me dejo o me dejo de dejar!]. Una cuando te vi, otra cuando te desnudé.

[Ni un verano sin despedidas.]

Y qué alivio volver. La puerta con doble vuelta y una extraña nueva calma ante la falta de costumbre. Ni tradiciones rotas ni cuentas saldadas; la misma sombra nace de luz. Y esos fantasmas jamás dejaron del todo claro cuántos silencios acompañaron las grandes noches de baile y pasión. Y qué alivio querer volver. La certeza de que ahora existe punto de fuga en cada letra hasta el punto final. La certeza de que el derrame es puro; de que solo existe cuando se deja ver [ahora]. De que el camino de vuelta no implica otro sacrificio más; estoy tratando de hacer corta la vida. (Le he escrito varias cartas y parece que por fin lo entiendo: que no hace falta que me entienda,  que soy libre.)
Y preferiría mil veces no haberte encontrado nunca para verte la primera, y que todo fuera nuevo. Este aire, la calma, el traje.

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La invariable tradición de la huida menos sensata. Que nos amen.

Eme.

(El cartero ha estado poco hábil esta vez.) Tengo que decirte (a gritos, por si quisieras imaginarme) que la última vez fue la que definitivamente acabó por destrozar cada plan. Eso de que seas tan superior a la imagen que cree de ti. Me has destrozado la razón a tal nivel que no estoy dispuesto a ocultarlo (a decorarlo). Que yo jamás debí hablarte del tatuaje del brazo. No. Ni de lo mucho que sabía iba a echarte en falta. Ni pensarlo. Ni escribirte al minuto de ver tu mensaje.  Ni dejarte ver que nunca, en ningún momento, dejaste de importarme.  Que temí perderte (incluso haberlo hecho ya). No tomes cuando uso la palabra "destrozar" como algo a esquivar. Ni se te ocurra pensarlo. Es el destrozo que le da sentido a todo. El destrozo-causa. Y eso que basar la vida en sí en un amor (casi) imposible es una completa mamarrachada. Pero díselo al tiempo que pasé (y pasaré) pensándote sin siquiera tener la menor intención de comprenderlo (o sufrirlo). Te echo de m...